lunes, 22 de febrero de 2016

Salitre


Cuando llegué a esa playa desierta y lejana, ya era demasiado tarde para todo. Para mí, para ella, para los recuerdos, para lo vivido, para lo que nos quedó por vivir, para esos besos que demoramos por la noche porque creíamos que todo era eterno. No quise ni salir del coche. Seguía sin poder oler el mar ni sentir en mi cara el salitre de las olas, en cualquier momento la imaginaba saliendo despeinada de entre su espuma. Quizás duraba demasiado tiempo, quizás no sabía gestionarlo, quizás la decepción tatuada en mi piel no me dejaba respirar ese olor de arena mojada, pinos y humedad. "Quiero mojarme los pies en el mar, ¿vienes conmigo?", me hubiera dicho antes. Y yo, ciega de amor y de admiración, me hubiera metido hasta el cuello si hubiera hecho falta, en el mar embravecido, todo por verla sonreir. Y en cierta manera lo hice, no en el mar pero sí en la vida, y ahora me doy cuenta, ante el vaivén de este mar que no reconozco, que debería haber luchado contra su sonrisa, esa que me llevó a la locura, a perdones y promesas imposibles, a querer y no poder.

Y cuando miré por las ventanas del coche, empañadas por el calor de los recuerdos y de las lágrimas secas, vi que las olas cada vez llegaban con más fuerza a la playa desierta de ese día de invierno desapacible. Y tenía ganas de gritar, pero no me quedaban fuerzas. Y tenía ganas de echar a correr por la playa, pero no disponía del coraje para hacerlo. Y tenía ganas de cerrar y abrir los ojos para ver que había sido un sueño, pero no era así. Y tenía ganas, muchas, de volver a vivir sin tener que obligarme a respirar. Y tenía ganas de grabar a fuego en mi retina todo lo que estaba viendo, pero el silencio absoluto no me dejaba ver con nitidez. Y tenía ganas de arrancarla de mi cabeza y de mi corazón, pero lo único que conseguía era recordar su olor y el tacto de su piel.

Pero ante la cruda realidad, no tuve más opción que rendirme a la inmensidad del paisaje agreste que tenía delante, mirando fijamente a los acantilados escarpados de ese pedacito de tierra que bien podía ser el fin del mundo. Y me quité los zapatos para sentir la arena fría en los pies, acercándome despacio al agua, notando el miedo impregnado en cada una de las lágrimas que caían por mis mejillas. Y entré poco a poco al mar, luchando contra las olas que tanto me recordaban a ella, sabiendo que ya no la volvería a ver jamás saliendo de entre su espuma con el pelo revuelto. Y de repente, cuando el frío me había cortado la respiración y no sentía ninguna parte de mi cuerpo, me sentí viva, porque por primera vez en muchos años, me di cuenta que le dí tanto, que hubo momentos en los que me olvidé completamente de mí. Y sólo entonces fui capaz de ver una pequeña luz en el horizonte. Creo que era un faro, pero al menos sonreí...


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